sábado, 13 de febrero de 2016
RELATO ACTUAL
Era un domingo de primavera cuando Julián salió de casa para dar un paseo con su hijo de cinco años, mientras su señora se quedaba haciendo las tareas propias del hogar, vivían en una urbanización sin terminar por los problemas de la crisis del ladrillo.
Con su niño de la mano y la ilusión de seguir adelante en esta etapa tan complicada de la vida; comenzó su paseo junto a un descampado donde unos niños jugaban al fútbol. De pronto los niños se amontonaron soltando entre si todo tipo de insultos, e incluso llegando a las manos. El que arbitraba el partido intentaba poner paz sin conseguirlo. Julian el padre del niño le echó una mano para que el juego llegara a normalidad, a continuación tomando a su hijo de la mano se alejó de aquel lugar.
Papá papá ¿porque se pegan?, preguntó el niño asustado
El padre no tuvo repuesta pero no quería que el niño viera esto y se alejaron de aquel lugar. A lo lejos pudo comprobar que una pareja discutía con violencia y otros menores fumaban porros debajo de un almendro. Dio giro y por una vieja carretera se adentró por zonas agrícolas.
Julian de 27 años quería mucho a su niño y a su pareja por eso intentaba que no presenciara actos violentos. Aquella tarde lo llevaba de paseo al campo porque en casa tampoco viera la T.V.donde ponen muchas cosas no actas para los niños de su edad. Juan que así se llamaba el niño para su corta edad se expresaba muy bien y siempre le hacia preguntas de difíciles de responder.
Por fin padre e hijo paseaban solos alejándose de la urbanización, cuando el niño mirando al suelo observaba a un escarabajo en el asfalto con las patas boca arriba, que intentaba darse la vuelta para poder caminar. Señalaba al suelo y mirando a su padre exclamó: Papá... papá ¿que le pasa ? Parece que se está muriendo.
Juan le dijo el padre: Es que ha tenido la mala suerte de caer boca arriba en el asfalto y como el sol le da de lleno, tiene pocas posibilidades de vivir, en el campo siempre hay alguna planta donde pueda agarrarse y darse la vuelta.
El padre que desde niño le enseñaron a respetar la naturaleza, encontró un motivo para ir iniciando a su hijo en el respeto que debemos por todo el conjunto natural que nos rodea, y le explicó: Mira Juan el asfalto ha estado a punto de matarlo pero nosotros lo vamos a salvar. Cogió un palito del campo in sin tocar al insecto lo acercó a sus patas que movía sin cesar y se aferró fuertemente a el.
Mira juan ahora lo vamos a dejar entre las hierbas le dijo mientras se salía de la carretera. Allí ante los ojos del niño el escarabajo ya libre desapareció entre las sombras
El niño al contemplar esta acción gritó alegremente: Papa... papá ...lo hemos salvado.. lo hemos salvado...
La tarde va cayendo, padre he hijo retornan satisfechos sobre todo Juanito que está deseando de llegar a casa para contar a su madre, para el esta gran "aventura".
J. Padilla Valdivieso
13-02-2016
miércoles, 27 de enero de 2016
CARBONCILLO
El día trece de enero de 1985, en compañía de unos amigos y de mi hijo, subimos por el camino de la sierra para de explorar una gruta natural que ellos habían visitado en domingos anteriores.
El equipo que llevábamos era escaso y rudimentario; dos cuerdas de veinte metros, unos cascos, un carburo, linternas, brújula, cinta métrica, papel y lá piz
La entrada de la cueva estaba tan disimulada entre los pinos que nos llevó un buen rato encontrarla, bueno a ellos porque yo , era el más viejo del grupo, esperé al socaire de unos matorrales a que ellos avisaran de que la habían descubierto, lo que no tardó en suceder. Entonces les dije que era necesario retener en la memoria los montículos y señales mas destacadas del terreno para que en otra ocasión la encontráramos más fácilmente. Antes de entrar tomamos unos bocadillos entre tragos de "fanta". El vino del país lo dejamos para el momento de la salida, así nos ayudaría a combatir el frío de la mañana.
La entrada de la cueva era una gatera que más delante se convertía en una enorme grieta con una longitud cercana a los doscientos metros en sentido oblicuo y en algunos lugares casi vertical, alcanzando profundidades de más de veinte metros. Después de descender a lo más profundo de estas hendiduras, que se van estrechando hasta cerrarte el paso, te sientes confortado por una temperatura muy agradable. Estudiando someramente la orografía del terreno mi conclusión de que debía pasar un acuífero (venero) a unos cincuenta metros de profundidad, en dirección noroeste hacia el valle de Baza, y que este paso de agua produjo, a lo largo de cientos de años esta oquedad alargada y gran cantidad de estalactitas y estalagmitas. Se advertían tres movimientos en la vida de la cueva, producidos quizás por terremotos o por el simple pero constante paso del agua, que habría ido socavando el lecho de arenisca de esta afilada hendidura.
Todo fue bien dentro de la cueva; pasamos el tiempo distraídos observando las figuras que formaban los chuzos, muchas parecían esculturas de cera derretida y cobraban una presencia espectral y a la vez divina iluminadas después de tanto tiempo por la tímida luz de nuestros cascos. Otras estalactitas estaban en una fase de formación más temprana, de hecho la arquitectura de la cueva y sus catedralicios relieves debían su arte a la más azorosa naturaleza , su inspiración no se secaba, pues no paraba de gotear agua .
Cuando regresábamos vimos un pequeño murciélago que pendía de una cúpula dentada y nos lo llevamos a casa como recuerdo. Al principio, rechazamos la idea de soltarlo en el piso, pues se trataba de un bicho feo en torno al cual se habían gestado muchas supersticiones, pero finalmente decidimos liberarlo dentro de la vivienda, una vivienda de humanos, para que volara libremente por todas las habitaciones. Mi hijo pequeño de nueve años le puso de nombre "Carboncillo" y el extraño animal se hizo simpático en los doce días que convivió con nosotros.
Su primer vuelo por toda la casa fue largo, curioso, como si Carboncillo estudiara el lugar donde se hallaba, después se colgó hacia abajo con sus patitas de la barra de la cortina y allí permaneció hasta la noche . Los sonidos debían molestarle, pus movía las orejas sobresaltado cuando se le hablaba y, mientras mirábamos la televisión con la luz apagada, empezaba a planear rozando nuestras cabezas, una y otra vez, como si quisiera decirnos que lo devolviéramos a su ambiente, a su gran mansión de soledad y silencio.
Carboncillo nunca dió una queja ni emitió sonido alguno, pero de alguna forma establecimos un código y, cuando su vuelo se hacía insistente, le abríamos la puerta del baño dejando correr el grifo un hilo de agua. Se enganchaba y bebía con ansia mientras se dejaba acariciar sus pelillos de ratón.
Yo pensaba que comería insectos pero, en realidad, el cambio lo estaba matando. En sus últimos vuelos su sistema de radar fallaba y rozaba las paredes. Creí que se adaptaría al ambiente, que seria un simple despiste, pero no ocurrió así. Se fue debilitando y la última noche no tuvo fuerzas para engancharse del grifo y cayó a la bañera. Mi hijo me llamó asustado diciendo que Carboncillo se había caído. Acudí y pude verlo arrastrarse sin fuerzas. Lo puse con mucho cuidado sobre una hoja de periódico para ver si era un ligero trastorno y se le pasaba pero cada vez se movía con mayor dificultad, se apagaba irremediablemente. A mi hijo Miguel Angel se le formó un nudo en la garganta cuando le aseguré que Carboncillo no volvería a volar. Aquella diminuta criatura estaba pagando con su vida nuestra tremenda ignorancia acerca de su forma de vida. Nos cansamos de mirarlo y ala mañana siguiente ya estaba muerto, con sus orejillas de punta, como si fueran de finísima cartulina.
Fui consciente de que nuestro capricho egoísta no era un buen ejemplo y aproveché la ocasión para aleccionar por diferenciación, ya que no por imitación, y le dije a mi hijo que no volveríamos a tener cautivo a ningún animal, que la libertad de Carboncillo era pura como el aire de la sierra, y callada como la vida en la gruta y más digna que nuestra libertad, derecho muchas veces mal interpretado.
Desconozco el nombre de aquella cueva y, desde entonces,la llamamos "La cueva de Carboncillo", en honor a aquel quiróptero que´con su extraño lenguaje, nos suplicó que lo devolviéramos a su hogar. Es posible que, en aquella tranquilidad donde no parece contar al tiempo, la pareja de Carboncillo aún le espere y crea, ajena al desenlace de su historia,que cuelga con con perezoso letargo de alguna arista cercana.
J. Padilla Valdivieso
Relato de mi libro Vidas de Antaño 26 de enero de 2016
sábado, 26 de diciembre de 2015
NAVIDAD
La gran autovía cruza la sierra,
los coches pasan sin detenerse,
con conductores obsesionados
que algunas veces no llegan
¡Que enorme prisa!, y luego comentan:
" He recorrido trescientos kilómetros
en menos de dos horas y media".
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De qué vale correr tanto
sin mirar lo que te rodea,
serías feliz en cualquier parte
sin tantas cosas nuevas.
Has pasado por un lugar,
en esta noche tan buena,
donde unos niños cantaban,
cantaban a la Nochebuena,
Y lo hacían de tal forma,
y lo sentían de tal manera
que me hicieron recordar
mi infancia por estas fechas.
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Si tú lo hubieras sabido
te habrías parado un momento
para ver en plena sierra
un singular encuentro
al que no faltaba de nada
ni el asno,ni la oveja ni el perro,
todos eran seres vivos
que festejaban el encuentro.
¿Habrá algo más hermoso
que el nacimiento de un niño?
Preparemos mejor este mundo
para poder recibirlo
que nos falta mucho amor
y nos sobra egoísmo.
J. Padilla Valdivieso
25-12-2015
Después de uño de silencio, vuelvo a poner nuevos relatos en mi blog, algunos de hechos recientes. Ya es invierno y en el cortijo, al calor de la chimenea, sin más compañía que mi perra Sena y el chisporroteo de la leña al quemarse recupero un poco la inspiración perdida.
En esta ocasión os cuento la historia de Piedad Olmedo Molína "Piedad la de los Perros" algunos la llamaban así, porque ella defendía a capa y espada a todos los animales, sobretodo a los perros.
En las noches frías de invierno con ayuda de su amigo José repartía comida en Baza depositando junto a los contenedores. Piedad con 55 años de edad, un cáncer le ha quitado la vida, el domingo 13 de diciembre de 2015. No la ha dejado celebrar la Navidad, ni despedirse de este año de 2015, ni tampoco de muchos de sus amigos.
En la capilla del tanatorio se hizo mención a su espíritu fuerte para aceptar el final de su vida, como también a sus grandes condiciones como persona.
Era auxiliar veterinaria y gracias a ella mi perro Ore se salvó de un envenenamiento cruel sobreviviendo después mas de 12 años. Piedad me transmitió ese espíritu de respeto a todos los animales.
Una llamada por teléfono me comunicó su muerte, estaba en el campo y al recibir la noticia mis ojos se llenaron de lágrimas, mi perrita Sena viéndome así vino zalamera a depositar su cabeza en mis rodillas quizás tratando de consolarme.
Piedad como es lógico los animales no pueden expresar tu triste ausencia, pero yo lo hago en su nombre y te dedico los versos que escribí a la muerte de mi perro "Ore" aquel perro que me salvastes de una muerte segura
HOMENAJE A LOS ANIMALES SOBRE TODO
A NUESTRAS MASCOTAS
Año 2013, nueve de febrero,
hoy me siento muy triste
porque he enterrado a mi perro,
antes de echarle la tierra
lo puse mirando al cielo
No me avergüenza decirlo
que en la mañana en silencio
mientras lo enterraba
mis lágrimas mojaban su pelo,
ha sido un animal ejemplar,
ha sido un perro muy bueno.
Año 2013, nueve de febrero
hoy me siento muy triste
porque he enterrado a mi perro,
antes de echarle la tierra
lo puse mirando al cielo.
J. Padilla Valdivieso.
NAVIDAD DE 2013
.
25-12-2015
martes, 21 de octubre de 2014
El otoño ha llegado
en este mes de octubre; los arboles se despojan
de sus hojas amarillas, nosotros recordamos los buenos momentos de la primavera
y del verano y nos vamos preparando para recibir de nuevo al invierno. Es la
noria de la vida, que gira sin que nadie la pueda detener. Pronto llegará el
invierno, propicio para pensar en sus largas noches al lado de una chimenea en
el cortijo, teniendo de fondo el sonido característico del chisporroteo de la
leña al quemarse. Me gusta meditar en
soledad en este ambiente y puede que de nuevo recuerde alguna historia del
pasado que no dudaré en poner en mi blog.
En esta ocasión os ofrezco el relato
‘Los higos de Doña Concha’, de mi libro Vidas
de Antaño.
Los
Higos de Doña Concha
Iniciaremos el
relato poniendo nombres a nuestros protagonistas, nombres falsos que no se
refieren a nadie en concreto. Sólo pretendo recordar una época pasada para que
los jóvenes de hoy comprendan los sacrificios de nuestros mayores y, éstos a su
vez, recuerden Vidas de Antaño.
Fue a mediados del
1947. Después de la guerra civil España estaba destrozada en lo económico y en
lo moral; odios y rencores entre vencedores y vencidos, heridas que sólo el
tiempo ha podido ir cicatrizando. Había hambre, las viviendas eran escasas y
las familias errantes tomaban por hogar cualquier puente o excavaban en el terreno
cuevas para poder combatir el frío o el
calor. Los más afortunados que gozaban de ciertas amistades podían instalarse
en algún cortijo cuidando las tierras con los aperos del señorito o bien
trabajar de muleros, gañanes o pastores, sin más sueldo que la comida, escasa y
mala, y cobijo en los peores lugares de la casa, sin luz ni agua corriente. Se
daba también la paradoja de que cuando los aduladores del señorito conseguían
alguna finca para cultivarla a medias, eran más usureros que el propio señorito
y explotaban sin piedad a sus compañeros trabajadores.
Situándome en
aquella época, intentaré contar otra curiosa anécdota de nuestros
protagonistas: Luis; María y sus hijos Eduardo y Juan. Como ya sabéis, esta
familia vivía en un cortijo que era propiedad de una señora del pueblo; Doña
Concha, viuda, de mal genio y propietaria de varias fincas de las que los
labradores tenían que darle la mitad de la cosecha en concepto de renta. Su
quehacer consistía en ojear la cosecha y la era rodeada de hacinas de trigo y
demás cereales, para que no le sisaran los labradores ni se comieran el grano
las gallinas.
Un día visitó a los
labradores sin previo aviso, recorrió la huerta para ver las hortalizas y los
frutales y se detuvo un momento contemplando una pequeña higuera, entre cuyas
grandes hojas se podían contar cuatro higos aún verdes. Al verlos empezó a
llamar a Luis a grandes gritos. Este, dejando las tareas de la era, acudió
corriendo.
- ¿Qué desea doña Concha?
- Mira Luis, esta higuera es muy
buena y quiero probar los higos, así que ojo con que estos no se pierdan. ¿Me
has entendido?
- Sí señora. ¿Manda algo más la
señora?
- No Luis. Puedes retirarte.
La visita de Doña
Concha terminó dejando como despedida un perfume recargado y de mal gusto que
se mezcló con el olor de las plantas del campo.
Pasada una semana,
Luis fue a la higuera para comprobar si los cuatro higos estaban maduros. Se
llevó un gran disgusto pues sólo quedaban dos; sus hijos se los habían comido
los que faltaban a pesar de que estaban advertidos. Subió a casa muy enfadado
repartiendo pescozones a los niños y discutiendo con su mujer.
Al día siguiente
colocó en una cestita de esparto unas hojas como adorno en el fondo y los dos
higos que quedaban, aparejó la mula y se dirigió al pueblo a casa de Doña
Concha. Con timidez levantó el aldabón dorado de la puerta y llamó, y como
nadie contestaba repitió con más fuerza los aldabonazos. Por fin, Doña Concha
respondió:
- ¿Quién es?
- Gente de paz. –exclamó Luis.
Posiblemente Doña
Concha estaba durmiendo y Luis tuvo que esperar más de veinte minutos, durante
los cuales consiguió leer la única frase que decía: “Dios bendiga esta casa”.
Estaba escrita en un cuadradito a la entrada de la casa.
- ¡Hombre Luis ¡ ¿Qué te trae por
aquí?
- Mire señora,
venía a traerle los higos de la nueva higuera para que los pruebe.
Mientras lo decía,
alargaba la cestita con sus manos inclinando su cuerpo hacia delante, como si
hiciera una reverencia. Doña Concha tomó la cesta y en seguida se dio cuenta de
que solamente había dos higos.
- Luis. ¿Qué me traes aquí? Había
cuatro.
- Perdone señora, mis hijos se
los han comido…Ya sabe como son los niños.
- ¿Y cómo se han comido mis
higos?
- Señora, les he dado una paliza.
No lo harán más.
- ¿Y cómo se han comido mis higos? -volvió
a decir Doña Concha con grandes gritos de indignación.
Luis cambió de postura y, en un gesto
valiente, arrebató la cesta a Doña Concha, se puso frente a ella y se comió un
higo de un bocado mientras le explicaba:
- Señora, así se los han comido.
Cogió el que quedaba y, ante los ojos atónitos
de Doña Concha se lo comió también repitiendo la misma frase y gesto
explicativo. Después se dio la vuelta y se marchó, triste pero satisfecho,
triste porque sabía que pagaría caro aquel gesto de orgullo y dignidad, como
así fue: Doña Concha lo expulsó del cortijo.
Tanta avaricia para nada; Doña Concha ya
murió y el cortijo de este relato hoy es un montón de escombros que pocas
personas recuerdan.
José Padilla Valdivieso
martes, 2 de septiembre de 2014
En esta ocasión, próxima al mes de septiembre y a la
feria y fiestas de esta ciudad de Baza, incorporo a mi bloc el relato “Marivió”
de mi libro Vidas de Antaño. No
pretendo demostrar que aquellos tiempos 1956 y 1957 fueran mejores, solamente
os diría que eran distintos. Este relato está basado en hechos ocurridos hace
unos 58 años en esta feria y fiestas de Baza. Observareis como era la
adolescencia y el respeto que sentían los chicos por la mujer con un trato
exquisito y ejemplar.
En aquellos
tiempos, una mirada, el roce de una mano o una sonrisa era algo maravilloso
para muchos jóvenes, la felicidad no se compraba sólo se esperaba con paciencia
a que llegara y cuando esto sucedía de una manera natural el cuerpo y la mente
salían fortalecidos. Solamente en ocasiones un vaso de vino de poca calidad con
los amigos aliviaba las penas.
También quiero
agradecer y animar a los que visitan mi blog desde lugares tan lejanos como
Estados Unidos o Canadá, que comenten mis relatos, así me iré corrigiendo y
adaptando a las actuales generaciones.
MARIVIÓ
A continuación, relataremos el primer amor de
Eduardo. Así comprenderemos lo deprisa que ha avanzado este medio siglo. En
cualquier caso, el amor es un sentimiento siempre bello que sólo ha variado en
su grado de expresión; se ha pasado de la ingenuidad al descaro. Bendito
descaro si obedece a un sentimiento sincero.
Vino al pueblo
un pequeño circo llamado Marivió. Recorría muchos pueblos de de España desde
hacía varios años, siempre de feria en feria pregonando lo mismo pero en
distinto lugar para despertar la curiosidad de las gentes y hacerles pasar por
taquilla.
Era tan
pequeño el circo Marivió que el público dudaba de la calidad del espectáculo
pero ¿Quién se lo iba a perder por dos
pesetas? En el interior había unos muñecos mecánicos que divertían al público
con sus graciosos giros, el resto estaba en la puerta; una joven de unos
diecisiete años sentada detrás de una mesa de cristal que hacía de taquilla.
Desde allí lanzaba su voz cálida al viento con un micro en la mano. La sonrisa
en los labios y la hermosura de sus ojos, que eran los que sabían retener al
público mientras gritaba:
-¡Circo
Marivió! ¡Circo Marivió! Pasen cuando
gusten y salgan cuando lo deseen.
El timbre
suave de su voz se mezclaba con el trajín de la feria y atraía a más de un joven para admirarla. Se
llamaba Violeta, nombre de flor escondida y humilde. Dependía del público y por
eso tenía que estar expuesta a los ojos de la gente, pero tenía la timidez de
la flor que llevaba su nombre. Una flor tan bonita al borde de una senda por
donde no dejaba de pasar gente caprichosa duraría bien poco. En efecto, un
hombre de malas intenciones la estuvo acosando con una constancia increíble
hasta que despertó el corazón de Violeta. No es cosa difícil enamorarse en la
adolescencia y más cuando el hombre era del gremio y la seguía a todas partes.
El tiempo
demostró que no era amor lo que movía a su compañero, quizás era un deseo
caprichoso, la curiosidad o el orgullo de alcanzar una nueva meta y, conseguida
ésta, solo iba a buscarla cuando las cosas no le iban bien, usándola como
consuelo a su alborotada vida y destrozando su corazón sensible. Empezaron los
sufrimientos de Violeta. Era su primer amor quizás porque no tuvo oportunidad
de conocer a nadie más; solo estaba en un pueblo el tiempo que duraban las
fiestas. Su padre, hombre serio y conocedor de la vida errante le solía decir.
-No quiero que
salgas con ese hombre. Tu hermana que es mayor que tú y no tiene novio y a ti
no se te pasa el tiempo. Ya sentaremos
un día la cabeza; cambiaremos de profesión y podrás conocer clase de personas
que no estén tan maleadas de dar tumbos por el mundo. Hija mía, hace tiempo que quiero que se
pierda para siempre el nombre de Marivió y quiero que acabe limpio como ha sido
nuestra familia. Si no hay otro trabajo volveremos a la tierra. Hace cuatro
años que empezamos esta vida y estoy cansado, muy cansado. Quiera Dios que no
muera sin apartaros de los ojos maliciosos de la gente. Piensan mal de vosotras
porque tenéis que atraerlos con simpatía. Viciosos miserables. Que poca
moralidad tienen. No entienden que mi Maruja y mi Violeta son honradas porque
lo llevan en la sangre. Quisiera yo ver a sus hijas o hermanas en el ambiente
en vosotras vivís. Entonces comprenderían que la verdadera honradez es la que
se mantiene sólida, aunque esté envuelta en la maldad de esta vida. Tengo un
temor desde que te ví hablar con ese hombre; procura apartarte.
Diciendo esto
salió de la carpa, dejando a su hija en un doloroso silencio. Su padre tenía
razón pero quizá era un poco tarde y se sentía incapaz de contradecir al
miserable.
Una tarde
Violeta, sencilla y alegre, hacía propaganda como acostumbraba, cuando su novio
cruzó con una mujer de dudosa reputación. Una palidez mortecina asomó a su
rostro. Su voz hizo vibrar el micro al decir:
¡Oiga! ¡Oiga! Por favor…
Su hermana la
miró con indignación y Violeta dio un final distinto a su frase:
…saquen sus localidades.
Transcurrió un
año, durante el cual su pareja ya la abordaba. El amor que su amante había
logrado grabar en la inocente mentalidad de Violeta ya no existía, tan sólo
quedaba repulsión hacia el hombre que la había engañado y una profunda
desconfianza hacia todos los hombres. Pero Violeta callaba; si su padre hubiera
sabido toda la verdad, podría haber tomado una fatal decisión.
Una noche de
1957, Violeta conoció en un pueblo andaluz a un joven. Se llamaba Eduardo y,
como sabemos tenía el alma de un niño.
Hacía rato que
el sol no brillaba y las luces de Marivió lucían con esplendor. Todo era
alegría en las primeras horas de la noche. La gente paseaba, los tocadiscos
animaban el ambiente y los niños se montaban en el tiovivo o en los “caballitos
“como allí se les decía. Miraban indecisos todas las atracciones sin saber a
cual dirigirse. Los caballitos hipnotizaban a los más pequeños, cuyas ilusiones
danzaban al ritmo de sus giros. De repente, se fue la luz en la feria. Unos
gamberros no dejaban de molestar increpando a Violeta, que trataba de
disuadirlos sin demasiado éxito. Súbitamente, una voz recia pero bien modulada
ordenó:
- ¡Cerrad la boca,
cobardes! Habláis así porque tenéis las caras ocultas por la oscuridad pero a
la luz del día os avergonzaríais delo que estáis diciendo.
A estas
palabras siguió un silencio, pues todos creyeron que se trataba de una
autoridad. La duda no duró mucho porque la feria volvió a iluminarse y todos
pudieron ver que se trataba de un joven que, a juzgar por su aspecto, debía de
ser fuerte y ágil como un felino. Entonces
intervino el padre de Violeta, alejando definitivamente a los
gamberros y devolviendo todo a la calma
Mientras
Eduardo asistía al espectáculo Violeta se preguntaba quién sería ese joven tan
apuesto que la miraba de modo extraño y decidió darle las gracias cuando
acabara. Finalizado el espectáculo, la muchacha buscó con la mirada al joven
que la había defendido y, por fin, se destacaron entre la gente unos ojos que,
al mirarla, la estremecieron. Con la vista puesta en el suelo murmuró:
-
Gracias.
- No tiene importancia.
Cuando Violeta
levantó la mirada el joven había desaparecido y se quedó intrigada
preguntándose quién sería.
A la noche
siguiente, cuando ya había perdido las esperanzas de volverlo a ver, se
presentó Eduardo en la taquilla y le dijo:
-Señorita,
deme una entrada.- y al decirlo sonreía
de una manera amistosa.
Violeta se las
dio y, al coger las dos pesetas, halló entre ellas un caramelo. Alzó los ojos y
el joven insistió:
-Eso es para usted.
-Gracias pero… ¿Qué me da? ¿Se burla de mí?
-Nunca me burlo
de nadie. No lo tire, guárdelo. –y diciendo esto se alejó.
Violeta siguió
vendiendo entradas y, no pudiendo resistir la curiosidad, llamó a su hermana
para que ocupara su puesto. Deslió el envoltorio y empezó a desliar una
cuartilla. Se trataba de una carta y no de un simple caramelo, y decía así:
Admirada señorita:
Ante todo, pido perdón por permitirme el atrevimiento de querer su
amistad. También quiero decirle que si en algo puedo ser de su ayuda, disponga
de mí sin ninguna vergüenza.
Este es mi pueblo y esta es mi feria. Lo
que ya no es mío es mi pensamiento desde la otra noche. Yo me paseaba y me
divertía como todo el mundo cuando llegó a mis oídos una voz de mujer. Sentí
curiosidad por saber de dónde salía y llegué hasta su circo. Me empapé de su
simpatía y luego sentí sus ojos fijos en los míos al darme las gracias por
defenderla. No sé qué hay en el azul de
sus ojos, pero parecen tener una sabia experiencia, un fondo sencillo y sereno,
como las musas de los antiguos romances.
Pero dejaré de elogiarla para pedirle algo;
quisiera ser su amigo. Si lo consigo, podré decir que esta es la feria más
feliz de mi vida y que quedará en mi memoria un hondo agradecimiento hacia
usted.
Eduardo
Mientras
Violeta leía, su hermana Mari observaba como su rostro irradiaba alegría y le
preguntó.
- Le has gustado. ¿Verdad?
- Parece que sí. Mira lo que
dice.
Las dos leyeron de
nuevo la carta y Violeta le contagió su pueril alegría
- Pobrecillo, es casi un niño.
¿Te vas hacer su amiga?
- ¿Qué remedio me queda?
- ¿Y el otro?
- Ni me lo nombres.
- Entonces ¿Qué piensas hacer?
- No lo sé. Lo que si te digo es
que me guardes el secreto.
Mientras hablaban
alguien las estaba mirando; era Eduardo. Ellas se miraron sorprendidas, pues no
esperaban que volviera tan pronto.
- Me ha gustado su espectáculo,
señorita. Lo encuentro gracioso y entretenido. ¿Y usted? ¿Qué me dice de esa carta?
- Nada que también está muy bien
- Entonces ¿acepta mi amistad?
- Sí, pero dígame qué le ha
movido a dirigirse a mí, habiendo tantas chicas en la feria que ya quisieran que
usted les dijera algo.
- Eso es muy pronto para
explicarlo.
- Ya comprendo. Usted tendrá su
novia y en los ratos libres viene a divertirse con la niña del circo. ¿No es
así?
- No es así. He venido aquí por
algo que ni yo mismo sé, pero eso no quiere decir que no la estime.
- Pero si soy muy niña y muy
poquita cosa. ¿No le parezco feúcha?
- No tiene usted nada de fea para mí.
- Entonces ¿Se echaría una novia
como yo?
Al decir esto,
Violeta se quedó observando atentamente el rostro de Eduardo y advirtió que se
había sonrojado y que no se atrevía a contestar. Violeta se emocionó; hacía mucho
que no veía a un hombre ruborizarse ante ella y, antes de que hablara,
apostilló:
- Piénselo, que
estas cosas empiezan en broma y luego lo mismo duran para toda la vida.
- Sí comprendo. A pesar de todo,
estoy dispuesto a ser su novio.
Violeta se echó a reír
mirando a su hermana, que no andaba muy lejos, y después prosiguió:
- No amigo, esto ha
sido una broma. Es demasiado pronto para hablar de estas cosas. Además, mi vida
es muy diferente a la suya. Podemos ser amigos los días que esté por aquí, si
usted se porta como espero, y después me iré. Pero no se ponga así Eduardo. ¿No
es así como se llama?
- Sí es mi nombre, ¿y el suyo?
- Si se fija en el
nombre de mi circo verá que está formado por tres sílabas; las dos primeras
corresponden al nombre de mi hermana Mari, y la última al mío, Violeta por eso
el circo se llama Marivió
- ¿Y a quién se le ocurrió este
nombre?
- Fue a mi padre.
- Me gustaría que me lo
presentaras.
- No, ni pensarlo.
Lo que debemos procurar es que no nos vea juntos.
Así empezaron a
conocerse y cada día que pasaba sentían más tener que separarse. Violeta se
percató de esto y comprendió que no podía utilizar a aquel joven, apenas un
chiquillo dispuesto a todo antes de separarse de ella. “No puedo engañarle –se
decía – No tengo valor ni él se lo merece. Pero ¿para qué hacerse ilusiones con un hombre que
no puede ser para mí? Y el otro sigue
con sus amenazas porque no acepto sus caprichos y cualquier día lo pondrá todo
al descubierto. Dios quiera que lo que queda de honra pueda conservarla hasta
la muerte. Le he prometido que esta noche lo esperaría al cerrar la feria. ¿Por
qué lo he hecho? A la mejor es que siento algo por él. Pobrecillo, y me pedía
permiso para darme un beso. Mi vida entera se la daría yo. Pero para que
encariñarnos más, si no vamos a poder estar juntos, sí esta es la última noche
y mañana dejaré este pueblo. En fin, acudiré para hacerlo entrar en razón
aunque tenga que negar sus caricias.”
La feria se quedó
en silencio, las casetas fueron cerrando unas tras otras. También las luces de
Marivió se habían apagado. Eran las dos y media de la madrugada y en ese
momento sólo se oía la orquesta de la caseta municipal interpretando un
pasodoble que sonaba muy lejano. La noche percibe instintivamente la vibración
de un corazón que esperaba y los ojos de Eduardo buscaron, entre las escasas
luces, a alguien que no tardó en aparecer; era ella y esa noche estaba más
bonita que nunca.
- ¡Violeta!
- ¡Eduardo!
- No Eduardo, eso no. Me prometiste que sólo
era para hablar con conmigo.
El abrazo frustrado
de Eduardo dio paso a un gesto de dolorosa resignación y sus brazos cayeron
inertes a lo largo de su cuerpo.
- Violeta ¿Por qué
me rechazas? No te comprendo. Creí que tus ojos me decían que me querías pero
ahora veo que me equivoqué.
- Eduardo, no te engañaron mis
ojos. Hubiera sido mejor no conocerte porque me gustas pero no puede ser
Al decir estas
atormentadas palabras, su esbelto cuerpo pareció desplomarse un momento.
Eduardo la estrechó entre sus brazos y ella escondió el rostro en su pecho.
Allí murmuró palabras casi inaudibles, como si directamente quisiera comunicar
algo al agitado corazón de su compañero.
- Violeta. ¿Por qué lloras? No te preocupes. Iré donde tu vayas. Haré lo
que tú me digas pero deja que te dé un beso.
De pronto sintió un
cuerpo que se estremecía entre sus brazos y de aquella boca que tan cerca
estaba de la suya brotaron estas palabras:
- No
lo hagas Eduardo, te pesará después. ¡Déjame!
El joven la dejó desconcertado y ella rompió a
llorar y emprendió veloz carrera hasta llegar a su circo.
Días después: Sólo
quedaba de la feria el hueco vacio que antes ocupaban las casetas. La gente que
pasaba no se detenía y cada cual caminaba imbuido en sus tareas, como era
propio de los días laborales. Eduardo caminaba más despacio. Su cabeza
inclinada parecía buscar en el suelo algún objeto perdido. Llegó al lugar donde
había estado emplazado Marivió y se detuvo. Echó un vistazo a su alrededor y se
retiró lentamente mientras la brisa jugaba en torno suyo haciendo remolinos con
las hojas secas. Alguien se acercó
- Eduardo. ¿Qué buscas?
- Nada.
- Vente conmigo y tomamos unos vinos.
Se trataba de un amigo suyo que
hacía semanas que no veía, fueron a una tasca del pueblo.
- Cuéntame algo, amigo. Nunca te
vi tan triste.
- ¿Qué quieres que
te cuente? ¿Sabes? Me harías un gran
favor si me ayudaras a escribir unos versos a una mujer.
- Podemos intentarlo. ¿Para quién
son?
- Para esa chica del circo. ¿La conoces?
- La he visto.
- Es muy extraño el
comportamiento de esta chica. Bebe mientras te cuento la historia. –dijo
Eduardo.
Su amigo le escuchó en silencio y
pidió otra ronda.
-Amigo, tienes que
ayudarme expresando tus sentimientos sin reparos, porque es muy bonita esta
historia y me gustaría escribirla si me das permiso.
Los dos
permanecieron largo rato en el local imbuidos en la historia y su amigo
escribió este soneto:
Yo he conocido una gentil
Violeta
con sus ojos azules. Mi
corazón
se fue muy lejos, murió la
ilusión,
tan sólo me queda una
esperanza muerta.
¡Oh, mi más sencilla y amada
Violeta!
Muchas noches he soñado
tenerte
Junto a mi lado, volver a perderte
y, desesperado, hallarte inquieta.
Alejarte de ese ruido
mundanal
para asirte a mi vida, más
luego pensé:
“¿Más que el amor amará la
libertad?”
Entonces, en mi sueño yo
te solté
y, como una paloma que
desea volar,
. miró dulcemente y llorando se fue.
Posiblemente, este soneto llegaría a las
manos de Violeta y al leerlo lloraría amargamente. Eduardo, ajeno a la suerte
de Violeta, hoy es feliz con otra mujer junto a la que ha olvidado casi por
completo los recuerdos de aquella feria. ¿Y ella? ¿Seguirá soñando y rodando
por esos pueblos o habrá encontrado un árbol que le dé sombra? ¿La habrán
conducido los zarpazos de la vida a una completa deshonra? Yo no lo sé. ¡Pobre Violeta! Pero si tengo noticias de su
vida podré ofrecer a los lectores de esta historia la segunda parte de Marivió.
José Padilla Valdivieso
jueves, 14 de agosto de 2014
En este mes de
agosto pleno de festejos en todo el Altiplano granadino quiero hablaros de Gor,
un pueblo que está dentro del Parque Natural Sierra de Baza, y de sus fiestas
populares con sabor a tiempos de antaño.
Estos festejos de
verano se celebran los días 8, 9 y 10 de agosto. Lo más destacado son sus
encierros, con una antigüedad centenaria. Desde esta página os invito a
presenciar o participar en estos encierros o en sus tres espectáculos taurinos.
A mí en particular prefiero los encierros donde el toro no recibe ningún mal
trato: es un juego limpio y serio a la vez entre el toro bravo y los mozos del
pueblo y llegados de otros lugares. También se puede visitar previo aviso al
teléfono 608959901 la ermita del Royo del Serval para ver la Virgen de Fátima.
Como todos los años, tenemos lotería para la próxima Navidad, el número: 03555 al precio de 23 €. Con el
décimo también regalamos una papeleta en combinación con el sorteo de la ONCE
del 27 de enero de 2014 donde te puede tocar gratis el alojamiento en esta
misma finca para un total de 6 a 7 personas un fin de semana. Los interesados
pueden reservar su décimo en el teléfono arriba indicado.
También podéis
visitar el Parque Natural Sierra de Baza, el Centro de Visitantes, situado en plena sierra y que suele organizar actividades relacionadas con la naturaleza. Otros parajes interesantes pueden ser las diversas aldeas abandonadas, las minas de mineral con grandes
escombreras o restos de la arquitectura popular de los años, que nos
demuestran cómo aquellos serranos eran autosuficientes y prácticamente no
necesitaban comprar nada ni pagaban ningún tipo de impuesto. Si están interesados en visitar algunos de estos lugares, nosotros haríamos de
guías gratuitamente.
En esta ocasión
os mando un reportaje del alojamiento Finca
los Belgas. Sin otro particular un
cordial saludo y perdón por la tardanza.
José
Padilla Valdivieso
viernes, 4 de julio de 2014
Por José Padilla Valdivieso
Un momento de la excursión en el faro de Cabo de Gata
© José Ángel Rodríguez
El domingo 15 de junio tenía lugar una excursión guiada de la Asociación Proyecto Sierra de Baza al Parque Natural Cabo de Gata, que contó con una treintena de participantes y la estimable compañía de la guía local Ana Martínez Martínez, que nos estuvo acompañando y dándonos explicaciones a lo largo del recorrido. Las experiencias y valoraciones, de uno de nuestros compañeros, que asistió a esta excursión, José Padilla Valdivieso, es plasmada en estos apuntes cronológicos, que nos pasa de esta jornada de campo por el Cabo de Gata:
Se salió de Baza a las 8:20 h. de la mañana en dirección Almería y pasando por Guadix. En Dólar desayunamos y después llegamos sin hacer paradas a Cabo de Gata, entrando como estaba previsto por el Retamar.
Conforme íbamos avanzando pudimos ver a la derecha la playa, y a la izquierda las salinas. Ana Martínez Martínez, nuestra guía, nos iba informando desde el autobús o sobre el terreno de muchos detalles que, de haber ido solos, hubieran pasado desapercibidos, por ejemplo, había una franja ancha vallada donde no se podía aparcar; la finalidad era dejar crecer unas plantas que con su entramado de raíces no dejaban que el aire se llevara la fina arena de las dunas del litoral. También vimos una antigua plantación de pitas. Ana nos explicó que las querían para explotar su fibra haciendo cuerdas y otros derivados, pero con el descubrimiento de las fibras sintéticas (nylon), la idea quedó en desuso. También había chumberas, de las cuales hacían ricas mermeladas. Está demostrado que estas plantas pueden vivir en terrenos desérticos, pues sus hojas gruesas y carnosas le sirven de reserva de agua para aguantar largas sequías.
Salinas del Cabo de Gata
Flamencos en las salinas de Cabo de Gata
© José Ángel Rodríguez
Volvimos los ojos a las primeras tablas de las salinas que, según Ana, se alimentaba desde la época romana por un túnel subterráneo por donde tomaban agua del mar aprovechando las corrientes de aire que se producen por razones atmosféricas (hoy el uso de motores se alterna con esta técnica). Al empezar la subida, pudimos ver una antigua mina de plomo. Más adelante, la carretera se estrechó peligrosamente, sobre todo porque íbamos bordeando un acantilado de gran altura. La verdad que este tramo peligroso se podría hacer más seguro con un semáforo que regulara el orden de paso para evitar cruzarse dos vehículos. Llegamos bien al Arrecife de las Sirenas un lugar de especial interés geológico e histórico. Geológico porque se puede contemplar desde el mirador las rocas volcánicas. Además, en la casa de la cantera las chimeneas formadas por lava cuarteaban la roca que, al enfriarse, formaban adoquines hexagonales que los romanos utilizaban para hacer calzadas. Históricamente, la costa estaba amenazada por piratas que saqueaban todo lo que podían. En época de Felipe II se hizo un red de torres vigía, pero su guardia no supo organizar bien su defensa, solo a la llegada de Carlos III se reparó este error contratando hombres más preparados.
Arrecife de las Sirenas
Panorámica del Arrecife de las Sirenas desde el faro de Cabo de Gata
© José Ángel Rodríguez
En cuanto al nombre del Arrecife de las Sirenas proviene de una leyenda originada entre los hombres que vigilaban en las noches de invierno. Éstos escuchaban, mezclado con el sonido del mar, los sonidos que producía la foca monje, que en aquellos tiempos existía en esta zona. Estos hombres, aunque sospecharan que se trataba de focas, preferían pensar que eran sirenas para vencer su miedo a lo desconocido. También estuvimos fotografiando el peñón de anidamiento de las aves marinas.
Ya de regreso, hicimos una parada en las Salinas del Cabo de Gata, para visitar uno de los observatorios de aves de las salinas. Abundaban los flamencos, que se movían en grandes grupos por las aguas bajas, removiendo los limos de los fondos en busca de alimento, Ana nos dio una explicación ‘in situ’ de cómo la naturaleza dota a estas aves de zancas especiales adaptadas a la profundidad del agua y de unos picos especializados para comer seleccionando lo que encuentran en las charcas. Nos puso como ejemplo de estas aves adaptadas a las salinas y a su fauna al flamenco rosa, la avoceta o el pato cuchara.
Comida en la Isleta del Moro
Un momento de la comida
© José Ángel Rodríguez
Volvimos a tomar el autobús dirigiéndonos al pequeño pueblecito de Cabo de Gata llamado La Isleta del Moro. Por la carretera pudimos observar estas tierras áridas donde sólo pueden vivir plantas adaptadas a este clima. Pasamos por dos montículos gemelos, los Picos de los Frailes, a los que los nativos del lugar les llaman Las Teticas de los Frailes, por su simétrica forma de pechos femeninos. Aproximadamente a las 14 h. llegamos a la Isleta del Moro. Dimos una vuelta por el pueblo mientras llegaba la hora de la comida, que fue en el Restaurante La Ola. La comida estuvo bien y más aún el ambiente de amistad entre nosotros. Desde la segunda planta del restaurante se veía muy cerca La Isleta del Moro que le había dado nombre a este pueblo. Según la leyenda, hace muchos años vivía un árabe en la isleta, el llamado Moro Arráez y cuentan que tenía un tesoro escondido. Mientras, sentado en la mesa saboreando un trago de cerveza, no sé por qué motivo las gaviotas sobrevolaban la parte superior de la Isleta del Moro. Quietas, sin esfuerzo físico alguno, flotaban en el aire gracias al viento que venía del mar. Me pareció que disfrutaban orgullosas de ese poder que les da la naturaleza..
Vestigios mineros de Rodalquilar
Después de la comida continuamos hasta la última parada del viaje, la visita al pueblo minero de Rodalquilar, donde están las instalaciones mineras de oro y la duna fósil del Playazo. Según datos de Ana, aun cuando esta minas eran conocidas y explotadas desde la antigüedad, para la extracción de plomo, en el año 1883 se descubrió oro en la mina “Las Niñas”, situada en el barranco del Lobo, a menos de un kilómetro del pueblo de Rodalquilar. La explotación industrial del oro comenzó en el año 1916, y estaba dirigida por ingleses, los que dejaron en el pueblo importantes muestras de su arquitectura tradicional, como la iglesia o un campo de fútbol. En el año 1940, tras la Guerra Civil Española (1936-1939), todas las minas de la zona fueron nacionalizadas, hasta que en 1966 el INI, por medio de su empresa Adaro, cierra las minas de oro que poseía en el pueblo, .dejando de funcionar. Nos contó Ana que el motivo del cierre definitivo de todo el complejo minero se debía a la bajísima rentabilidad de la extracción. A pesar de que todavía quedan cantidades de este metal precioso, su concentración en la roca era tan baja que no hacía rentable el trabajo en este lugar. Se calcula que en los últimos años, de las minas de Rodalquilar, se estuvo extrayendo 5 gramos de oro por tonelada, lo que no lo hacía rentable.
Una excursión muy amena donde pudimos experimentar que Almería no se ha estancado; rentabilizó el desierto de Tabernas, ya conocido en el mundo entero por servir de escenario a numerosos rodajes, especialmente de ‘espagueti western’, el aprovechamiento de su clima templado para producir hortalizas que abastecen a buena parte de Europa o la puesta en valor de sus parques naturales y monumentos históricos.
Ya de regreso, y mientras ascendíamos en dirección a Guadix por la A-92, tuvimos ocasión de divisar a lo lejos, en lo alto de la Sierra de Los Filabres, el observatorio astronómico de del Calar Alto, construido con fondos europeos en un enclave especialmente propicio para la observación de la bóveda celeste.
El autor de esta reseña cronológica, José Padilla Valdivieso
© José Ángel Rodríguez
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